Story
Santa Verena nació en un noble hogar cristiano en la tierra de Tebas, en el Alto Egipto, la región que dio a la Iglesia tantos de sus mártires y ascetas. Se dice que su propio nombre significa "la buena semilla" o "el buen fruto", y en verdad creció adornada de castidad, pureza y temor de Dios. Fue instruida en la fe por el santo obispo Queremón (Sherimón), quien le enseñó el camino de Cristo y la bautizó, de modo que desde su juventud quedó revestida de la gracia del Señor.
Verena era pariente de los soldados de la Legión Tebana, aquella compañía de soldados cristianos de la Tebaida que fueron llamados al servicio del imperio y enviados a las tierras occidentales de Recia, que hoy es Suiza. Como era costumbre, algunas de las mujeres seguían a la legión para preparar la comida y atender a los heridos, y la bienaventurada Verena, diestra en las artes curativas de su tierra natal, marchó entre ellas como enfermera, consagrando sus manos a las obras de misericordia.
Cuando el santo comandante San Mauricio y San Víctor y todos los soldados de la Legión Tebana confesaron a Cristo y se negaron a ofrecer sacrificio a los ídolos, y fueron muertos y recibieron la corona del martirio, Santa Verena no regresó a Egipto. Antes bien, eligió permanecer en aquella tierra extraña como extranjera por amor a Cristo, abrazando la vida solitaria y ascética. Habitó primero cerca de Soleura, y después en una cueva cerca de la ciudad de Zúrich, perseverando en el ayuno, la vigilia y la oración incesante, comiendo solo el fruto del trabajo de sus propias manos.
Desde su lugar de soledad salía a servir al pueblo, que aún estaba en las tinieblas del paganismo. Cuidaba a los enfermos y vendaba sus heridas, y con gran valor atendía a los leprosos, a quienes otros temían acercarse. Enseñaba al pueblo la limpieza y el cuidado del cuerpo, y los llevaba al conocimiento del Dios verdadero por sus palabras y por el ejemplo de su santa vida. Daba pan a los pobres y cuidaba especialmente de las jóvenes doncellas, guiándolas en la pureza del cuerpo y del alma, y muchos fueron llevados a Cristo por medio de ella.
Dios glorificó a su sierva con muchos milagros, y los gobernantes paganos, turbados por ella, la arrojaron a la cárcel. Allí, cuando su espíritu fue probado, San Mauricio se le apareció y la fortaleció en la fe, y fue preservada y puesta en libertad. Tras su liberación continuó sus labores, viajando y enseñando y conduciendo almas al bautismo, estableciéndose por fin en Tenedo, el lugar hoy llamado Zurzach, donde halló una iglesia dedicada a la Virgen y resolvió terminar allí sus días.
Habiendo acabado su carrera en santidad, Santa Verena partió hacia el Señor en paz el cuarto día del mes copto de Tut. Se levantó una iglesia sobre su cuerpo, y su memoria ha sido honrada por las tierras de Suiza y más allá desde tiempos antiguos. En el año del Señor de 1986 una porción de sus reliquias fue llevada a Egipto, su patria, y se consagró una iglesia en su nombre junto con San Mauricio. Que sus santas oraciones e intercesiones estén con nosotros. Amén.