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El día doce del bendito mes de Paona, la Santa Iglesia celebra la radiante fiesta del gran Arcángel Miguel, capitán de las huestes celestiales e intercesor por todo el género humano. Su propio nombre, en la lengua de los hebreos, es una pregunta que confunde a los soberbios y consuela a los humildes: «¿Quién como Dios?». Pues Miguel es el primero entre los siete arcángeles que están delante del Altísimo, el jefe de las potestades incorpóreas y el portaestandarte del Rey de la gloria. Está continuamente de pie ante el trono de Dios, ofreciéndole sin cesar la gloria junto con los querubines y los serafines, y elevando al Altísimo las oraciones y súplicas de los fieles sobre la tierra, así como está escrito que un ángel ofrece las oraciones de los santos sobre el altar de oro que está delante del trono, Apocalipsis 8:3.
La Santa Iglesia confiesa que el gran Miguel ha sido constituido por Dios sobre el pueblo de su heredad, guardián vigilante puesto sobre las naciones de los fieles. Pues Daniel el profeta lo contempló y lo llamó «Miguel, uno de los principales príncipes», que vino en auxilio en el combate celestial, Daniel 10:13; y de nuevo es llamado «el gran príncipe que está por los hijos de tu pueblo», Daniel 12:1. Así la Iglesia contempla en él al pronto defensor de la Iglesia de Cristo, al consolador de los afligidos y al guía de las almas que parten hacia el lugar de reposo.
La Sagrada Escritura proclama su excelso ministerio desde el principio. Cuando Josué, hijo de Nun, estaba ante los muros de Jericó, el Arcángel Miguel se le apareció como un varón con la espada desnuda en la mano, y lo fortaleció, diciendo: «No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora», Josué 5:14. Y Josué se postró sobre su rostro en tierra y adoró, porque el lugar donde estaba era santo. Por este auxilio celestial, la fuerte ciudad de Jericó cayó en manos del pueblo de Dios, y cuando Josué combatió después, el mismo sol se detuvo en los cielos hasta que se consumó la victoria. Así la Iglesia confiesa que Miguel es el caudillo de los ejércitos del Señor, el pronto auxiliador de los justos y el terror de los demonios.
El santo apóstol Judas también da testimonio de su poder, refiriendo cómo «el arcángel Miguel, cuando contendía con el diablo, disputando sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a usar de juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda», Judas 1:9. En esto aprende la Iglesia la mansedumbre del gran arcángel, quien, aunque poderoso en fortaleza, atribuye todo poder al Señor solamente. Y en la visión de Juan el Teólogo, fueron Miguel y sus ángeles quienes lucharon contra el dragón y sus ángeles, derribando a aquella serpiente antigua que es el diablo, para que no engañara más a las naciones, Apocalipsis 12:7. Por eso los fieles se refugian en su protección contra todo lazo del enemigo.
En los días del creyente Emperador Constantino el Grande, los habitantes de Alejandría aún estaban entenebrecidos por el culto a los ídolos. En este mismo día solían honrar a un ídolo sin vida, cuya estatua y templo habían sido erigidos en tiempos antiguos, ofreciéndole sacrificios y dones. Pero el pastor de la ciudad predicó al pueblo la palabra de verdad, mostrándoles la insensatez de postrarse ante cosas hechas por manos de hombres, que ni se mueven, ni razonan, ni salvan.
Cuando los corazones del pueblo se volvieron hacia el Dios vivo, el santo patriarca derribó aquel ídolo y purificó su templo, y lo consagró como iglesia bajo el honrado nombre del Arcángel Miguel. Mandó que todo lo que el pueblo había ofrecido antes al ídolo se distribuyera ahora entre los pobres y los necesitados para la gloria de Dios, y que en este día celebraran la fiesta del gran caudillo celestial. Así el lugar que antes había sido cueva de error fue hecho casa de oración, y el nombre que antes fue profanado por los demonios fue santificado con las alabanzas del capitán de las huestes celestiales.
Por esta causa la Iglesia de Cristo dispuso que el día doce de cada mes copto fuese una perpetua conmemoración del honrado Arcángel Miguel, para que los fieles recordaran su intercesión incesante y su tierno cuidado por los hijos de los hombres. Sobre todo, su fiesta se celebra con gran esplendor el doce de Paona, cuando el río de Egipto suele crecer para el riego de la tierra, y los fieles imploran su bendición sobre los campos y la cosecha. En sus fiestas los creyentes se reúnen para la Santa Liturgia, preparan mesas de misericordia para los pobres, e imploran su protección sobre sus almas y sus tierras.
Refugiémonos, pues, bajo las alas de este gran arcángel, que se goza por cada pecador que se arrepiente, Lucas 15:10, y que es enviado para servir a favor de los que serán herederos de la salvación, Hebreos 1:14. Que la intercesión del gran Arcángel Miguel, el portaestandarte del Rey de la gloria, y las oraciones que él ofrece sin cesar ante el trono de Dios, sean amparo y auxilio para todos nosotros. Que su intercesión sea con nosotros. Amén.