Story
En este día del año 341 d.C. partió el gran santo Anba Pablo, el primer ermitaño. Este santo era de la ciudad de Alejandría y tenía un hermano llamado Pedro. Tras la partida de su padre, repartieron entre ellos la herencia. Cuando su hermano tomó la mayor parte, Pablo se sintió herido por la actitud de su hermano. Le dijo a su hermano: «¿Por qué no me das la parte que me corresponde de la herencia de mi padre?». Pedro respondió: «Eres joven y temo que la malgastes. En cuanto a mí, la guardaré para ti». Como no llegaban a un acuerdo, fueron ante el gobernador para que juzgara entre ellos.
En el camino vieron un cortejo fúnebre. Pablo preguntó a uno de los que lloraban acerca del difunto. Le dijeron que era uno de los hombres nobles y ricos de la ciudad, y que dejaba atrás sus riquezas y sus bienes, y que lo llevaban a sepultar solo con su mortaja. San Pablo suspiró en su corazón y se dijo a sí mismo: «¿Qué tengo yo que ver, entonces, con todo el dinero de este mundo pasajero, que dejaré desnudo?». Miró a su hermano y le dijo: «Hermano mío, volvamos, pues no te pediré nada, ni siquiera lo que es mío». En el camino de regreso, Pablo dejó a su hermano y siguió su camino hasta que salió de la ciudad.
Pablo encontró un sepulcro donde permaneció tres días orando al Señor Cristo para que lo guiara hacia lo que a Él le agrada. En cuanto a su hermano, lo buscó con diligencia, y al no encontrarlo se afligió mucho por lo que había hecho. Dios envió a san Pablo un ángel que lo sacó de aquel lugar y caminó con él hasta llegar al desierto interior del oriente. Allí permaneció 70 años, durante los cuales no vio a nadie. Se vistió con una túnica hecha de fibra de palmera. El Señor le enviaba cada día un cuervo con media hogaza de pan.
Cuando el Señor quiso revelar la santidad de san Pablo y su justicia, envió a su ángel a San Antonio el Grande, quien pensaba que él era el primero en habitar el desierto. El ángel le dijo a san Antonio: «Hay un hombre que vive en el desierto interior; el mundo no es digno de sus pasos. Por sus oraciones, el Señor hace caer la lluvia y el rocío sobre la tierra, y hace venir la crecida del Nilo en su debido tiempo». Cuando san Antonio oyó esto, se levantó de inmediato y se dirigió al desierto interior, a una distancia de un día de camino. Dios lo guió hasta la cueva de san Pablo.
Entró, se inclinaron el uno ante el otro y se sentaron a hablar de la grandeza del Señor. Al atardecer vino el cuervo trayendo una hogaza entera de pan. San Pablo le dijo a san Antonio: «Ahora sé que tú eres uno de los hijos de Dios. Durante 70 años, el Señor me ha estado enviando cada día media hogaza de pan, pero hoy el Señor envía también tu alimento. Ahora ve y tráeme con prisa la túnica que \nel emperador Constantino había dado al papa Atanasio». San Antonio fue donde san Atanasio, tomó de él la túnica y regresó donde san Pablo.
En su camino de regreso vio el alma de san Pablo llevada por los ángeles hacia el cielo. Cuando llegó a la cueva, halló que san Pablo había partido de este mundo. Lo besó llorando, lo vistió con la túnica que le había pedido y tomó su túnica de fibra. Cuando san Antonio quiso sepultar a san Pablo, se preguntó cómo podría cavar la sepultura. Dos leones entraron en la cueva, inclinaron la cabeza ante el cuerpo de san Pablo y movieron la cabeza como si preguntaran a san Antonio qué debían hacer. San Antonio supo que habían sido enviados por Dios.
Marcó en el suelo el largo y el ancho del cuerpo, y ellos cavaron la sepultura con sus garras, según las indicaciones de san Antonio. Entonces san Antonio sepultó el santo cuerpo y regresó donde el papa Atanasio y le contó lo que había sucedido. San Atanasio envió hombres a traerle el cuerpo de san Pablo. Pasaron varios días buscando por las montañas, pero no pudieron hallar el lugar de su sepultura. San Pablo se le apareció al papa en una visión y le dijo que el Señor no permitiría que se revelara la ubicación de su cuerpo. Pidió al papa que no molestara a los hombres, sino que los hiciera volver.
El papa Atanasio solía ponerse la túnica de fibra de palmera tres veces al año durante la Divina Liturgia. En una ocasión quiso dar a conocer al pueblo la santidad del dueño de aquella túnica. La puso sobre un hombre muerto, y el muerto resucitó al instante. La noticia de este milagro se difundió por toda la tierra de Egipto. Sus oraciones sean con todos nosotros. Amén.
2. La partida de san Longino, abad del Monasterio de El-Zugag. En este día también partió el puro santo Anba Longino, abad del monasterio de El-Zugag. Era de Cilicia (en Asia Menor). Se hizo monje en uno de los monasterios, donde su padre Luciano se había hecho monje después de que su esposa muriera. Cuando el abad de aquel monasterio partió, los monjes quisieron nombrar abad a san Luciano sobre ellos, pero él se negó, pues rehuía la vanagloria del mundo. Tomó a su hijo Longino y fue a Siria, donde vivieron en una iglesia. Dios reveló sus virtudes obrando muchos milagros por medio de ellos.
Por temor a la vanagloria de este mundo, Longino fue a Egipto con el permiso de su padre. Cuando llegó, fue al monasterio de El-Zugag, al oeste de Alejandría. Los monjes lo recibieron con gozo. Tras la partida del abad, los monjes nombraron abad a Anba Longino sobre ellos, por lo que veían de sus virtudes y su buena conducta. Poco después, su padre Luciano vino a él, y trabajaron juntos confeccionando las velas de lona de los barcos, y las vendían para sostenerse. Dios obró muchos milagros y prodigios por sus manos. El padre Luciano partió de este mundo en paz, y poco después también partió su hijo, Anba Longino.
Las oraciones de estos dos santos sean con nosotros, y gloria sea a nuestro Dios por siempre. Amén.